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La pelirroja soy yo, la primera novela de Patricia Sañes: una historia ácida y luminosa, y su viaje más íntimo

El pasado lunes 13 de octubre asistí a la presentación de la primera novela de mi querida Patricia Sañes, La pelirroja soy yo (Lunwerg Editores, Grupo Planeta), en La Culture House —entre las maravillosas obras de Eliurpi (Elisabet Urpí y Nacho Umpiérrez)—. El universo de su libro se respiraba en cada rincón: en una preciosa mesa ideada por Clara Santa Isabel, repleta de jarrones con mandarinas, torres de queso y pan, y un tapiz de telas rojizas y anaranjadas que funcionaba como metáfora viva de las capas, el fuego interior y los matices de identidad del personaje; también como tributo a la melena pelirroja infinita de la protagonista. Fue una presentación íntima y alegre, en la que la estética dialogó con la palabra y la amistad se convirtió en celebración.

Conozco a Patricia desde hace unos catorce años. La he visto crecer y consolidarse como una de las voces más personales del periodismo de moda y lifestyle. De mirada curiosa, crítica y siempre en movimiento; la misma que la ha llevado a proyectos, charlas y colaboraciones donde reflexiona sobre el rumbo del sector y sobre cómo contar la moda —y la vida— desde un lugar honesto y propio. Me alegra profundamente verla embarcada en esta nueva aventura. La respeto y la admiro, y la siento como una de las mujeres más genuinas que conozco.

La pelirroja soy yo llega como un paso nuevo en su carrera: una novela divertida y ácida que transita los sinsabores de la vida acelerada de una periodista descentrada hasta el encuentro más mágico —y, a menudo, el más difícil—: el que tenemos con nosotros mismos. Ginevra, la protagonista, resume en su nombre un juego de identidad y sátira: pelirroja, periodista de moda y, a la vez, esa treintañera en su piso con las persianas bajadas, en plena catarsis. El libro explora, con humor y una voz incisiva, temas que van del amor romántico al amor propio, del vínculo con las amigas al peso de la tormenta interna que puede doblegar a cualquiera. (Fragmentos de la novela y la sinopsis trasladan perfectamente esa mezcla de ironía y ternura).

Junto a Laura Ribot.

En la presentación, esa paleta de colores rojizos que lo envolvía todo no fue casual: funcionó como símbolo visual del fuego interior del personaje y de la intensidad emocional que Patricia sabe traducir en frase y escena. Hablamos de moda, sí, pero también de identidad, del acto de desvestir las expectativas y dejar al descubierto la vulnerabilidad. Y celebramos, sobre todo, la valentía de escribir en clave íntima y de publicar una primera novela que invita a reír y a mirarse por dentro.

Junto a Natalia Puiggros y Silvia Oliete.

Patricia ha sabido trasladar a la ficción la mirada crítica y el humor que le conocemos, y lo hace sin complacencia: con frases que pinchan, con escenas que requieren sonrisa y un pellizco de empatía, con una narradora que nos invita a acompañarla en su limpieza de heridas y en su celebración de pequeñas victorias cotidianas.

Para acompañar esta pieza, dejo aquí las preguntas de la mini-entrevista que realicé pensando en Patricia y en su libro —preguntas pensadas para provocar respuestas íntimas e inesperadas—:

1. Ginevra es pelirroja, con voz ácida y muchas capas emocionales: ¿qué parte de ti habita en ella y hasta qué punto has “robado” rasgos, miedos o manías para transformarlos en personaje?
P.S.: Todas las inquietudes que ella tiene las comparte conmigo. Es cierto que su forma de afrontar las situaciones o entender la vida (es una chica más joven, con miedo a involucrarse en relaciones sentimentales y emocionales de verdad, a largo plazo, que comprometan su malentendida independencia, su inseguridad y su bloqueo emocional)… ahí divergimos mucho. En la forma de vivir, somos casi opuestas.

2. Durante la presentación vi el escenario lleno de telas rojizas, mandarinas, quesos… una metáfora visual muy potente. Si esa escenografía fuera un fragmento de tu novela convertido en espacio real, ¿qué rincón elegirías para sentarte con Ginevra y qué conversación tendríais?
P.S.: Elegiría sentarme a la mesa, porque la mesa probablemente es lo que más representa su mundo y el mío. Es donde confluyen los dos, porque hay arte, hay queso, hay color —y eso nos une—. Y luego está también su mundo: ese tono rojizo anaranjado, esas tostadas quemadas en contraste con las blancas, que representan los claroscuros del personaje. Eso ya es más de Ginevra.
¿Y qué conversación tendría con ella? Intentaría comprender de dónde vienen sus miedos e intentar desarmarle esa coraza, esa armadura con la que se enfrenta al mundo, para que tuviera relaciones reales y fuera capaz de abrirse en canal a la gente, a las emociones. Creo que es mucho mejor vivir así: darlo todo, aunque luego corras el riesgo de sufrir mucho más. Pero la vida tiene que ser vivida y exprimida al máximo, con sus pros y sus contras. Que viva.

3. La novela habla de tormenta interna, amor propio y deconstrucción en una treintañera perdida: ¿hubo un momento preciso, una frase, un suceso en tu vida que fue chispa para este viaje literario?
P.S.: No hubo nada en concreto que fuera la chispa que me lanzara; sí era algo que llevaba tres años intentando sacar a la luz, pero las maternidades lo ralentizaron todo. Y, a las puertas de los 40, sentía que era el momento de recuperar a la Patricia periodista, de reencontrarme.
Estos 40 años de vida han sido una búsqueda continua, un intento de conocer realmente qué me hace feliz y qué no, qué forma parte de mí y qué no. A veces, con la moda me sentía un poco huérfana, y con la literatura —sin dejar de lado la moda— me he reencontrado. He comprendido que todos esos vértices forman parte de mí.
Creo que esta necesidad de completar a la Patricia que soy ha sido la chispa. Dije: “Sí o sí me pongo”. Y en el primer año de vida de mi hija Alegra, saco este proyecto tan importante para mí. La familia es lo más importante, pero también lo es mi vida profesional, para sentirme realizada. He dado todo como madre —y lo intentaré seguir dando—, pero ahora es el momento de volcarme en mi profesión, después de tres embarazos muy complicados que mantuvieron mi faceta profesional en stand by.

4. Imaginemos que Ginevra salta de tu novela al mundo real por un día. ¿Qué le aconsejarías, como amiga y escritora, para sobrevivir a la vida acelerada, a los días de persianas bajadas y las crisis invisibles?
P.S.: Le aconsejaría que no pasara esos días sola, que se pusiera en manos de un terapeuta. Creo que ese es el objetivo final que ella debería tener: poder vivir a pelo, sin pastillas —siempre que pudiera hacerlo—, y si las necesita, bienvenidas sean. Le diría que se rodeara de personas que realmente la quieran, y que dentro de esa oscuridad intentara aferrarse a pequeños momentos o placeres que le devolvieran la ilusión por el día a día. Que buscara cualquier excusa o persona que la ayudara, literalmente, a salir de esas sábanas. Porque si no, todo va a peor y el agujero se hace más profundo y negro.

5. La mente es traicionera, dices en la sinopsis. ¿Qué técnica, ritual o antídoto literario usas tú para salvarte de tus propias traiciones internas durante la escritura (“la habitación oscura”)?
P.S.: De mis propias traiciones internas me salva mucho parar de escribir a media mañana e ir a por un café caliente en invierno —ice latte en verano—, que me recuerde que el tiempo puede pasar lento si nosotros queremos. No hay prisa, no hay agobio, no hay estrés. Eso lo asocio a mi momento café por la mañana.
Y luego, el deporte. Hacer break, “pilatera” es la protagonista y “pilatera” soy yo. Intentar tener conciencia corporal a la hora de hacer los ejercicios para poder enfocar la mente en algo que no sea otra cosa que ese movimiento. Es un detox mental brutal, un detox para el alma que te salva de muchas.

6. (Extra) ¿Qué pasajes del libro podrían cambiar de tonalidad —ir del ácido a lo poético, o viceversa— si los reescribieras hoy, y por qué?
P.S.: Todos los relacionados con Claudio. Siempre se puede tratar el amor romántico de una manera más cursi o poética, o más ritmo amante, pero quise plantearlo de una forma muy de verdad, muy real, muy de corazón. Escribirlo tal y como lo siente la protagonista: todos esos vaivenes, todo lo que le hace sentir Claudio. No quise poetizarlo demasiado para poder acercar al lector ese sentimiento y que pudiera sentir lo mismo que está sintiendo Ginevra en ese momento.

Cerrar celebrando algo así no es un acto menor: es poner en valor la amistad, el oficio y la capacidad de transformar la experiencia en literatura.
Enhorabuena, Patricia —por el libro, por la puesta en escena y por recordarnos que debajo de la ironía puede latir un corazón que busca casa.

Fotografías: Patricia Bonet.

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