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Art / Lifestyle

Madrid era una fiesta

Hace unas semanas me regalé un viaje a Madrid. Con cama en el Petit Palace que da al Retiro, el Prado a primera hora (entrar el primero es casi lo mismo que estar solo), Magritte en el ThyssenMorandi (siempre Morandi) en Mapfre (que viajará luego a la Pedrera); todo el Greco (siempre el Greco) de Toledo entre AVE y AVE, mesa e historias con viejos amigos, lotería de Navidad en Doña Manolita‘Muerte de un viajante’ de Arthur Miller e Imanol Arias en el Infanta Isabel… y lo verdaderamente importante, claro: mesa en ‘El qüenco de Pepa’, ‘El paraguas’, ‘Numa Pompilio’, ‘Entre dos fuegos’ (en la casa que fue de Paco de Lucía en Toledo)… En verdad que, ahora más que nunca, Madrid es una fiesta, como el París de Hemingway, aunque por razones bien distintas: París por nostalgias de juventud, Madrid por su presente firme, desenfadado y sin complejos; aquel para recordar, este para vivir. 

El contador del tiempo, 2020. Temple sobre lienzo. 70 x 50 cm

Cada uno tiene sus pequeñas manías, confesables o no. Una mía: en mis visitas a Madrid, suelo pasar por la Galería Fernández-Braso, un espacio singular por la inequívoca calidad y rigor de sus propuestas, cada vez más raras en estos tiempos revueltos y difíciles para el mundo del arte en general y de las galerías en particular.  Allí David FB me anunció que la próxima exposición sería de GUILLERMO PÉREZ VILLALTA 2018-2020, dedicada, como la anterior, a lo que él llama ‘clasicidad’: “no estoy seguro siquiera de si la palabra existe, desde luego tiene un matiz diferente a “clasicismo”, más aún a lo que hoy llaman “clásico”.

Hexagon, 2020
Temple sobre madera estucada
80 cm. de diámetro
La belleza de la cosas, 2020. Temple sobre lienzo. 70 x 70 cm

Quizás sea “clásico” el término más manido de la historia del arte y el que suma más simpatías y fobias. GPV simplemente lo evita: “La clasicidad tiene una tendencia a lo permanente. No son los chisporroteos y fuegos artificiales de la modernidad con la que felizmente convivimos para no hacernos la vida aburrida. Pero tenemos también una perenne necesidad de la clasicidad. Sería difícil definirla con una frase, pero sí que podemos localizarla por un sentimiento placentero asociado, rodeándola, viéndola a través del tiempo y en nuestro presente. La modernidad reiterativa cansa, no se puede estar de fiesta todo el día”. Y ese es el espacio de GPV, su pintura.

Juego de bolos, 2018. Temple sobre lienzo. 70 x 70 cm
La higuera, 2020. Temple sobre lienzo. 50 x 70 cm

Ahí están CretaGrecia y Mesopotamia; los frescos de Pompeya, el Giotto de la Capilla Scrovegni y Asís, la geometría y perspectivas de Uccello y, especialmente, Piero de la Francesca: “Es él quien encuentra, o mejor aún, desvela, eso que atañe a la esencia misma del arte: las proporciones, la armonía entre las partes, la claridad de la luz y las formas, y por supuesto esa intemporalidad con su serena expresión en los rostros, ajena a los dramas…”. ¿Y quién no presiente a Balthus?

El templo y el obelisco, 2019. Temple sobre lienzo. 100 x 71 cm
El tiempo detenido, 2019. Temple sobre lienzo. 100 x 71 cm
El observador, 2020. Temple sobre lienzo. 71 x 100 cm

Me divierten los juegos de asociaciones, como la sal gorda que explota en la boca. Sin querer imagino que las pinturas de GPV serían ideales para ilustrar libros como “El Aleph” de Borges o “Las ciudades invisibles” de Italo Calvino. Como ilustraciones libres, no literales, claro. Como las de mi amigo Ramón Herreros para “Les històries naturals” de Joan Perucho. Quizás porque Borges y Calvino, y esos libros, son culpables de la misma clasicidad. Porque no vale cualquier ilustrador para cualquier libro: un día me encontré con Ángel Mateo Charris, visitando la exposición de sus ilustraciones para la edición de “Grandes esperanzas” de Dickens por Galaxia Gutenberg y pude decirle que había sido el ilustrador perfecto para “El corazón de las tinieblas” de la misma editorial. En la pintura de Charris late la aventura del pionero. En GPV, la clasicidad.

Los placeres del arte, 2018
Temple sobre lienzo. 141 x 200 cm
El rito del equinocio, 2019. Temple sobre lienzo. 71 x 100 cm

“La clasicidad te proporciona una tranquila manera de pensar y crear, la sabes próxima a ti, rodeándote. Su contemplación es serena, como un bálsamo que alivia dolores y desazones. La clasicidad nace de lo mejor del ser humano. Parece que justifica el paso por la vida. Hacerla y contemplarla me hace feliz”.

Quizás un buen viaje a Madrid sea también una forma de clasicidad. El mío lo fue.

La casa del Espíritu Santo, 2020. Temple sobre lienzo. 100 x 100 cm

1 Comment

  • Gemeladas
    19 noviembre 2021 at 09:55

    Qué maravillas, me encanta que nos des a conocer todo este tipo de información.
    Besos.

    Gemeladas

    Responder

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