
El pasado 17 de marzo asistí, en la Glass Box del Mandarin Oriental de Barcelona, a la presentación de la nueva colección de joyas de Paulet.
La llegada tenía algo especialmente cuidado, casi silencioso. La luz, muy limpia, caía sobre las piezas de una forma que las hacía más precisas, más presentes. Todo estaba dispuesto sin exceso, con una calma que permitía mirar sin prisa. Entre conversaciones suaves y ese ritmo contenido que a veces solo ocurre en ciertos espacios, fui descubriendo la firma.
No la conocía hasta ese momento, y quizá por eso la sensación fue más directa, más honesta.



Lo primero que sucede con Paulet no es únicamente estético. Hay algo en sus piezas —en ese equilibrio entre lo delicado y lo estructural— que no busca imponerse, sino quedarse. Se entienden con el tiempo, en la forma en la que se mueven, en cómo se integran. No parecen pensadas para un momento concreto, sino para acompañar.




Paulet no nace de un plan, sino de una pausa. Después de un accidente, Alicia tuvo que detenerse. Una vértebra rota, tiempo suspendido y la necesidad de hacer algo con las manos cuando todo lo demás se detiene. Empezó a coser sin intención de convertirlo en nada más que una forma de estar. El primer gesto fue un tocado para su hermana, que lo llevó a una boda. Y algo ocurrió: preguntas, miradas, una atención inesperada que abrió una posibilidad que hasta entonces no existía.

A partir de ahí, lo que empezó de manera intuitiva se convirtió en una decisión consciente. Junto a su hermana Cristina, entendieron que aquello podía crecer, pero también que debía hacerse bien. No venían del mundo de la joyería, así que empezaron a formarse en paralelo mientras construían. Alicia recuerda especialmente a una joyera jubilada en Madrid que la recibió en su casa y le enseñó la base del oficio. El resto llegó con muchas horas, aprendizaje autodidacta y una forma de hacer que siempre ha estado ligada al tiempo.



Hoy Paulet ha evolucionado. El equipo ha crecido, hay más manos, más joyeras, más miradas. Pero el diseño sigue naciendo de ellas, y eso —aunque no se verbalice— se reconoce. Han conseguido algo difícil: construir un lenguaje propio. Sus clientas identifican sus piezas, reconocen su estética, perciben una coherencia que no depende de la tendencia.



Porque Paulet no trabaja desde la tendencia. Trabaja desde la idea, desde la intuición, desde aquello que les interesa explorar en cada momento. Y eso se traduce también en cómo entienden la joya. No como algo reservado a una ocasión concreta, sino como una pieza que puede integrarse en el día a día. Piezas versátiles, transformables, pendientes que se desmontan, elementos que cambian y se adaptan sin perder identidad. Hay algo especialmente interesante en esa voluntad de quitar solemnidad a la joya sin restarle valor.

La nueva Signature Collection, presentada en Barcelona, conecta directamente con ese origen. Es una colección que la firma lanza cada mes de marzo y que responde a su ADN más reconocible: lo clásico reinterpretado desde lo contemporáneo. Alicia habla de cuadros victorianos, de observar las joyas de otra época y traducirlas al presente, no como réplica sino como relectura.



Signature no busca romper, sino reafirmar. Es una manera de reivindicar ese lenguaje propio que han construido con los años, ese estilo que, aunque no estaba definido al principio, ha terminado por convertirse en su identidad. De hecho, fueron sus propias clientas —especialmente en el universo nupcial— quienes empezaron a señalar ese camino. Y ellas supieron verlo.

Hay algo en esta colección que no tiene que ver solo con el diseño, sino con la confianza. Con la decisión de seguir trabajando desde el instinto, desde una forma de hacer que no responde a lo que ocurre fuera, sino a lo que ellas quieren construir dentro.

Conocí a Alicia allí, en ese mismo espacio, y entendí rápidamente que la marca no puede separarse de la forma de estar que hay detrás de Paulet. Hay una calma poco impostada, una manera de hablar desde el proceso y no desde el resultado, que define muy bien lo que construyen juntas. Y quizá por eso todo encaja. Porque cuando algo nace desde un lugar honesto, no necesita explicarse demasiado.
Antes de irme, quise hacerles unas preguntas. No tanto para hablar de la marca —eso ya estaba presente en cada pieza—, sino para entender mejor la forma en la que miran, en la que deciden y en la que construyen.

— Hay piezas que no se recuerdan por cómo eran, sino por cómo hacían sentir. ¿Qué emoción te gustaría que alguien asociara siempre a Paulet?
Nos gustaría que Paulet se asociara a esa sensación de verte más guapa siendo tú misma. Sin disfraz, sin artificio. Que la pieza no te cambie, sino que te acompañe y te potencie de una forma natural, casi sin esfuerzo.
— Si vuestro universo estético tuviera un origen visual concreto —un cuadro, una época, una imagen—, ¿cuál dirías que lo define mejor hoy?
Nos inspira la estética de los retratos de finales del siglo XVIII y principios del XIX: los retratos de aristócratas, o incluso ese universo que aparece en películas como Orgullo y prejuicio o Downton Abbey. Hay una elegancia muy natural que siempre nos ha atraído. Nos gusta esa mezcla entre lo clásico, lo delicado y lo moderno.
— Habéis construido un lenguaje muy reconocible sin seguir tendencias. ¿Cómo sabéis que algo “es Paulet” antes de que exista del todo?
Es algo inevitable, porque es nuestro. Cuando el mismo equipo está detrás, de forma espontánea, todo termina teniendo un mismo sello. Los acabados orgánicos, incluso imperfectos, y ese equilibrio entre lo clásico y lo actual forman parte de nuestra esencia. Cuando una pieza tiene eso de manera natural, sabemos que es Paulet.
— Vuestras piezas se mueven entre lo especial y lo cotidiano. ¿En qué momento una joya deja de ser “de ocasión” para convertirse en parte del día a día?
A veces sorprende cómo una misma pieza puede pasar a ser perfecta para el día a día simplemente cambiando cómo la llevas. Al combinarla con prendas más casual, la joya sigue teniendo protagonismo, pero en equilibrio con el conjunto. Destaca desde la naturalidad, haciéndote sentir mejor sin salirte de lo cotidiano.
— Después de todo el recorrido, ¿seguís diseñando desde el mismo lugar que al principio o ese punto también evoluciona?
El origen sigue siendo el mismo: la intención de hacer algo nuestro, fiel y bien hecho. Pero la experiencia evoluciona. Hay más criterio, más calma y también más exigencia. Diseñamos de forma más consciente, pero sin perder esa intuición propia que sigue siendo lo que da sentido a todo.


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