
Desde pequeña he creado vínculos con espacios concretos, lugares que me hacen sentir bien y que permanecen conmigo mucho después de haberme ido. Con los años he ido trazando un mapa emocional propio y he entendido que esos lugares y espacios son experiencias vitales que habito emocionalmente.
Viajar, para mí, es elegir desde dónde vivo un lugar, elegir dónde amanece el día, dónde descanso, dónde ordeno lo que siento y lo que hago. Por eso los hoteles nunca han sido un detalle secundario en mis viajes. Son la base silenciosa de la experiencia, el lugar desde el que todo puede volverse más amable, más inspirador o intenso.



He viajado a Madrid muchas veces por trabajo y también por placer. Es una ciudad que me estimula, me exige y siempre me despierta algo. Precisamente por eso, en Madrid necesito especialmente sentir que he elegido bien dónde estar. En medio del ritmo de las agendas llenas, de los encuentros y de los desplazamientos, para mí tiene un valor enorme regresar al final del día a un espacio que me sostenga.

La semana pasada volví por trabajo y CoolRooms Palacio de Atocha fue mi elección. Me hizo ilusión porque durante años había contemplado su fachada en una calle Atocha que también guardaba recuerdos importantes para mí. Y resultó curioso sentir como si me hubiera estado esperando.




Descubrirlo fue confirmar esa intuición. Tras la entrada, vigilada por la figura del dios Hermes, aparecía un palacio de 1852 rehabilitado respetando su esencia. Antes de convertirse en hotel, el edificio había alojado una ermita y un convento, y esa sensación de capas vividas seguía presente. El antiguo paso de carruajes, con techos de siete metros de altura, conducía hacia un patio interior lleno de luz y un jardín secreto con alberca, de esos espacios que se agradecen en pleno centro de Madrid y que siempre hacen bien. Las columnas de hierro fundido, la fuente de granito original y las proporciones nobles recordaban la historia del lugar y su antigua energía palaciega.



Su escalera, capaz de detenerte unos segundos, con la madera antigua, los peldaños bajos, la luz cayendo desde arriba y los grandes números rojos marcando cada planta, me maravilló. Siempre he sentido debilidad por las escaleras nobles de estos antiguos edificios de Madrid, que parecen guardar la memoria del lugar entre sus paredes.



Y apareció de nuevo esa sensación que tanto valoro: he acertado. Cuando eso sucede al llegar a un hotel, el viaje cambia por completo. Cuando un lugar supera mis expectativas, todo empieza mejor.


Después de vivirlo he confirmado que una de las grandes virtudes de CoolRooms Palacio de Atocha es el espacio, algo cada vez más valioso y menos frecuente en el centro de Madrid. Sus 34 habitaciones, entre las más amplias de la ciudad, alcanzan hasta 104 metros cuadrados y convierten la amplitud en una experiencia única. Mi habitación respondía a esa misma filosofía: dimensiones poco habituales, techos altos, luz natural, materiales nobles y una decoración que unía lo clásico y lo contemporáneo con sobriedad. Todo transmitía amplitud y calma.


Sinceramente, creo que es un hotel que acompaña igual de bien una escapada dedicada a disfrutar Madrid que un viaje profesional en el que apenas quedan horas propias. Porque incluso en esos viajes breves y exigentes, despertarse en un lugar en el que una se siente especialmente bien y volver a él al final del día lo transforma todo.
CoolRooms Palacio de Atocha ha pasado a formar parte de mi mapa personal, de esos lugares que una elige de nuevo cuando regresa a Madrid.
Y eso, en una ciudad con infinitas opciones, tiene mucho valor.


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